Don Ata, el Diego y los pedestales
Se cumplen 100 años del nacimiento de Atahualpa Yupanqui. Ocasión. Los aniversarios son siempre una ocasión. Una ocasión para varias cosas, hay que elegir cual es la que nos interesa recordar. De Atahualpa recuerdo siempre sus canciones. Una línea como “las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas” merece por si sola el recuerdo de su autor. Pero para este texto prefiero otro de sus más famosos versos. Ese que dice que “es demasiado aburrido seguir y seguir la huella”. Y realmente lo es. Es demasiado aburrido siempre lo mismo. En los aniversarios siempre lo mismo.
De Atahualpa siempre recuerdo que murió en el 92, 9 años después de recuperada la democracia, en París. Siguiendo el ejemplo rector del padre de la patria y de Juan Manuel de Rosas, parece que el amor es mejor vivirlo tangueramente, desde lejos, sufriendo la nostalgia. Cual machos posmodernos, estos emblemas de la argentinidad parecen decirle a la Argentina: - No sos vos, el problema soy yo, no sé que me pasa, pero vos sos una mina genial, te mereces algo mejor…Y se las pican a vivir al primer mundo. Ese amor a la distancia, siempre resulta glamoroso e increíble a la vez.
Paradójico que de los argentinos universales sea Borges uno de los pocos que vivió toda su vida en la patria. Y le decían Georgie.
El lugar de residencia puede obedecer a muchos factores y seguramente ellos habrán estado presentes en la decisión de Atahualpa de vivir en Europa, pero al menos hay una palabra que no está en ese inventario: arraigo.
¿Por qué recordar esto? Porque hay que recordar todo. Como por ejemplo la adhesión al Partido Comunista stalinista en el año 1945. En ese momento Don Ata tenía ya 37 años, cuando el tenía 31 (y estaba en pleno uso de sus facultades mentales) Stalin, el jefe máximo de los partidos comunistas de todo el mundo, firmó el pacto con Hitler para dividirse Polonia y permitir atacar hacia el oeste sin preocupaciones. Recién cuando Hitler traicionó a Stalin e invadió la URSS, los jerarcas soviéticos se decidieron a enfrentar al nazismo. A ese movimiento se unió Chavero.
Pero en nuestro país la cuestión era mas delicada porque en el año 44 un militar signado de filo nazi, de apellido Perón pone en vigencia el Estatuto del Peón, primer reconocimiento de derechos a los trabajadores del campo. Y Don Ata, al año siguiente, se coloca en la vereda de enfrente al peronismo, en el partido cuyo máximo dirigente, Vitorio Codovila afirmaba del Estatuto: “es sólo ‘demagogia’ porque los chacareros no estarán en condiciones de absorber los aumentos salariales fijados”.
Finalmente los comilitones de Don Ata tumbaron a Perón aliados con la iglesia, EEUU y los militares. Y allí recomenzó la historia de humillaciones de los hombres de trabajo del campo y de los miles que el campo expulsaba a la ciudad: Esos que en la década del sesenta “hicieron” el boom del folclore. Y lo hicieron escuchando las bellas composiciones de Yupanqui.
Hoy que la sombra de Patrón Costas, como un espectro de Shakespeare, vuelve como pool sojero, no es justo olvidar.
Pero lo dicho no invalida en nada la poesía y el arte de Atahualpa. De hecho, a pesar de los intentos de unir ambas cosas, vida y arte, no comparten el mismo universo.
¿Por qué hacer de un magnífico artista un ejemplo? ¿Por qué, si para hacerlo tengo que inventarle otra vida, minimizar sus actos, transformarlo en un pelotudo, que no sabe lo que hace?
No hay hombres íntegros, todos estamos divididos: subjetivamente, por la existencia del inconsciente. Socialmente por la pertenencia a una clase social.
La idea de integridad personal es como la idea de nacionalidad: oculta lo que hay que ver: la tensión y la lucha. Es mil veces preferible ver la tensión, el heroísmo, la maravilla de las luchas sociales, que escuchar la letanía de la unidad y la argentinidad.
Es mucho mas digna y humana, la vida de hombre con sus contradicciones, agachadas, horas sublimes y obras divinas, que el monigote apto para la tranquilidad bienpensante.
Y otra vez vuelvo al Diego. A Maradona, obviamente: Es que el Diego, el más extraordinario jugador de fútbol de todos los tiempos, muestra y demuestra, contra viento marea, que es un hombre. Un hombre que jugó al fútbol como nadie. Y por su arte no puede ser olvidado.
Lo quieren transformar en ejemplo, lo convocan para opinar de todo, le otorgan un lugar oracular. Él va. Y habla. Y apoya a Menem y ataca al Papa. Habla bien de Fidel y de Tinelli. Y se explaya. Y se desdice, contradice. Hace cosas solidarias y otras de un egoísmo malsano Es de izquierda, derecha, apolítico, Doña Rosa, politólogo. Diego destruye su pedestal a martillazos y nos dice en la cara, todo el tiempo: -.Mirenme, pero no acá donde hago el payaso. Mírenme en sus retinas donde están guardados para el recuerdo algunos de los momentos increíbles que dibujó mi zurda. Probablemente cerca de El arriero de Yupanqui, en el rincón de las maravillas.
Es tan grande el respeto de Diego por su obra, que constantemente dinamita la admiración por el hombre. Y no comete la infamia de morirse para que lo recordemos joven, lindo, fuerte y poderoso.
Mitos argentinos, Gardel, Evita y el Che, ninguno superó los cuarenta. Evita no engordó en el exilio, el Che no fue embajador y a Gardel no se le cascó la voz. Lo demás lo ponemos nosotros a cambio que su inexistencia física no cometa el fiasco de contradecir lo que queremos ver en ellos.
Diego es como Rimbaud que no se mató, dejó la poesía y se hizo traficante en África. Murió mal. Enfermo y solo. Pero no se preocupó demasiado por construir una vida admirable. Su mito se irguió igual sobre la ruina de sus acciones.
Un artista debería valorar tanto lo real de su arte como para astillar en pedazos el espejo de su imagen. Y nosotros respetarlo. Que sólo quede lo sublime.