Cochinaesperanza’s Weblog

Abril 12, 2009

Alfonsín: el culto a la intencionalidad

Archivado en: General — cochinaesperanza @ 11:27 pm

Se murió Alfonsín y su velorio sorprendió a todo el mundo, fundamentalmente a los alfonsinistas. ¿Qué significado tiene esta efusión final por un dirigente del radicalismo?

La versión más difundida, la mejor foto, digamos, es que es una señal a los políticos de lo que la población está buscando: dirigentes honestos y democráticos.

Esta versión que es aceptada no tanto porque embellece la figura de Alfonsín sino porque embellece la figura de quienes lo lloran, no resiste el menor análisis: el partido de Alfonsín en las últimas elecciones (no pasó ni un año desde ellas) obtuvo el 5% de los votos, o sea que no es el tipo de dirigentes que la población está buscando.

También es cierto que para la clase media de entre 40 y 55 años esta fue la despedida de su juventud, para toda una generación el gobierno alfonsinista coincidió con un periodo de grandes esperanzas doblemente compartidas: la juventud y la apertura democrática. Pero ya lo dice el tango. La juventud se fue, yo ya no espero más, mejor dejar perdidos los anhelos que no han sido….

Si dejamos de lado lo que los manifestantes quieren escuchar de si mismos y nos atenemos a la memoria (tan vapuleada en este velorio), lo que realmente se expresó en las calles de congreso y de recoleta es el culto a la intencionalidad. Así fue despedido Alfonsín, con un absurdo e interminable recuerdo de lo que no hizo. Fue la despedida de las buenas intenciones.

Dice Lenin en el comienzo de “El estado y la revolución” que a los dirigentes revolucionarios se los recuerda mellándoles el filo subversivo. No es este el caso, Alfonsín es una cuchara.

No vale la pena abundar en la historia del partido al que pertenecía Alfonsín, ni siquiera en el 90 aniversario de la Semana Trágica, perpetrada por el gobierno de Irigoyen en enero de 1919. La trayectoria de Alfonsín se basta a si misma.

Apenas asumió la presidencia Alfonsín se apuró a liquidar una de las garantías que su partido tenía de funcionamiento democrático: la separación entre cargos electivos y partidarios. Hasta que el asumió la presidencia esta garantía institucional (la no concentración del poder) era una marca distintiva del centenario partido burgués llamado UCR. Pero con la Reforma de la Carta Orgánica Nacional del 9 de diciembre de 1984 que “igualó” a los afiliados con los extrapartidarios, y que instituyó la soldadura entre las Jefaturas de Estado y de Partido al reglar que el Presidente de la República debía ser al mismo tiempo Presidente del Comité Nacional. Un dirigente histórico del radicalismo, muchas veces mencionado por Alfonsín, había atacado duramente esta posibilidad en su discurso de la Constituyente del 8 de marzo de 1949.

Alfonsín comenzó así la tarea que prosiguió su sucesor: demoler los partidos políticos y transformarlos en apéndices de las figuras mediáticas. Menem, que fue cualquier cosa menos un diletante, desplegó a fondo esta tendencia con automovilistas (Reutemann) motonautas (Scioli) cantantes (Palito Ortega).

Este no fue el único acto protomenemista de Alfonsín

Pareciera que diciembre era un mes inspirado para él porque 9 años y 4 días después se reunió con Menem en Olivos para centralizar aún más el presidencialismo. Se pusieron de acuerdo en la reelección (Menem no podía lograrla sin su ayuda porque la UCR era primera minoría en diputados)

Pero el cuentito dice que entregó la reelección a cambio de recortes al poder presidencial. Al contrario lo que sucedió esta bien descrito por el dirigente demócrata progresista Natale: “Los tres elementos señalados, la facultad del Poder Ejecutivo de dictar decretos-leyes (llamados de necesidad y urgencia), la posibilidad de vetar parcialmente un proyecto de ley y al mismo tiempo promulgar el resto de su contenido, y la constitucionalización de la delegación legislativa, vinieron a fortalecer al presidencialismo en vez de atenuarlo, como se proclamó, en el Pacto de Olivos. Encima la reelección presidencial, con el agravante de que después de dos períodos consecutivos el Presidente debe dejar cuatro años el cargo a otro y después puede presentarse para aspirar a una nueva elección con la consiguiente posibilidad de otra reelección”

Entre las intenciones que se van con Alfonsín está la de defender los intereses del capital sin herir abiertamente los de las masas populares. Al año y medio de gobierno tuvo que elegir. Su Plan Austral (orientación hacia exportaciones, congelamiento de salarios, lo de siempre) fue lanzado el 14 de junio de 1985, el 26 de junio los obreros de la Ford en asamblea decidieron ocupar la fábrica ante 33 despidos que violaban, además, un acuerdo firmado el 17 de mayo. Esta ocupación se sumaba a una serie de luchas que surgían por fuera de las estructuras tradicionales del sindicalismo peronista. Es que de la denuncia del pacto sindical-militar que lo llevó al gobierno había ido al arcón de las intenciones como tantas otras y el nuevo pacto era radical sindicalista. La burocracia colaboraba con el plan Austral. El gobierno de Alfonsín no decretó la conciliación obligatoria, sino que ordenó desalojar la planta, tomando partido concreto por las multinacionales y contra los obreros. “Ocupación de Ford: un caso típico de huelga salvaje”, tituló Ámbito Financiero, un guiño al desalojo represivo. El sábado 13 Alfonsín afirmo que esa ocupación era “intolerable”. En la madrugada del domingo las 160 hectáreas fueron rodeadas por 3000 efectivos armados, 250 patrulleros, carros de asalto, camiones grúas para levantar las alambradas, auto bombas, policía montada y helicópteros de combate que iluminaban la planta con sus potentes reflectores. Los obreros desalojaron la planta previa verificación del perfecto estado de los equipos e instalaciones. Después del desalojo montado por el gobierno hubo 838 despidos que incluyeron a todos los delegados y juicios penales a varios de ellos. Vale la pena el detalle de como el gobierno de Alfonsin tuvo con los trabajadores una firmeza y una celeridad que no mostrará con los carapintadas, favoreciendo con sus fuerzas represivas a los intereses que luego lo desecharían como lo que fue: un forro.

Pero la gran falsedad es su tarea de adalid de los derechos humanos. Llegó al gobierno con un apoyo popular que excedía el 52% de los votos que obtuvo, en su asunción había votantes de otros partidos que expresaban su apoyo a la democracia naciente. Había que hacerlo.

Los militares (no las juntas, sino todos ellos) se habían autoamnistiado. En el lapso de 2 años logró: no juzgar a todos los autores de crímenes de lesa humanidad sino a 9 de ellos, no crear una Comisión Bicameral, con rango constitucional, sino un grupo de notables (encabezados por el escritor y comensal de Videla, Ernesto Sábato) que escribieron un libro, no dejar a la justicia que avanzara con los juicios después de años de terror, sino ponerle un punto final al tema. Una aberración jurídica, además de ética, pues los crímenes de lesa humanidad son imprescriptible, pero la intención de poner punto final llevó a una avalancha de denuncias. Todo esto ANTES del alzamiento carapintada. Conmovidos por tanta generosidad, en la Semana Santa de 1987 se sublevaron algunos militares y Allfonsín pactó con ellos la ley de obediencia debida. La dureza que mostró con los obreros fue dulzura con los militares. La caída de apoyo popular evaluó justamente esa agachada y preparó el camino para los indultos de Menem. Tuvo la intención de castigar a los milicos, solo encerraron a 9 y algunos con penas de 4 años, como Agosti.

Alfonsín logró transformar un eufórico apoyo popular en apatía. Es el abanderado de una posición común en los políticos de su raza: tener la lengua con el pueblo y el corazón con los poderosos. Con los intereses populares sólo la intención. Nada en su gobierno se hizo hasta el final.

Fue así el gran constructor de la idea que Menem supo explotar a fondo: no se puede enfrentar a los intereses antipopulares así que hay allanarse a ellos. Raúl Ricardo Alfonsín fue el siniestro arquitecto del pragmatismo menemista porque a él le tocó decir y no hacer, preparando el camino para que su sucesor hiciera lo indecible.

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