El epistemólogo Jean Piaget estudiando los estadios evolutivos adjudicaba la presencia de un pensamiento abstracto predominante en la mente a humana a un período que denominó hipotético deductivo, que se afirma alrededor de los 11 a 15 años. De tal manera que este pensamiento suele coincidir con el comienzo de la adolescencia y sus crisis.
Esa capacidad intelectual adquirida se refiere a la posibilidad de alejarnos definitivamente de lo concreto para pensar en términos de abstracciones, y por lo tanto construir hipótesis, comienza el si esto, entonces aquello..
Como es inevitable, la distancia tomada de lo concreto nos otorga, a los humanos, un poderoso motor de desarrollo. Se expanden las posibilidades (las hipótesis son infinitas hasta el absurdo) y el tiempo cobra un nuevo valor. El pensamiento formal tiene la capacidad de manejar enunciados verbales y proposiciones en vez de objetos concretos
El tiempo cobra el valor de la anticipación con la llegada del imperio del pensamiento abstracto. La célula de este pensamiento, si tal cosa sucede, sucederá tal otra, nos deja inmerso en futuros múltiples. ¿Todos podrían llegar a ser, pero cual será?
No podría haber crisis adolescente, crisis por la identidad sin este estallido de las abstracciones: ¿quien soy? ¿El que creo que soy? ¿El que voy a ser? ¿Quien voy a ser? ¿Podré ser?
Llegamos a la inclusión del tiempo futuro como apuesta sobre las probabilidades abiertas en el más allá del hoy.
La analogía no es una forma de producción de saber, pero tiene una potencia demostrativa. Permite ver bajo nueva luz un proceso oculto a los ojos hasta allí.
Los sistemas económicos imperantes hasta el advenimiento del capital y la mercancía, son concretos en su médula. La forma abstracta de valor de cambio, efecto de la mercancía equivalente universal, el dinero, todavía es marginal. El pensamiento es concreto, como son concretas las formas centrales del pensamiento. Surge el capitalismo y surge el desarrollo de las ciencias lógico-matemáticas y las ciencias duras. Las economías precapitalistas son concretas no formales, no es posible, por falta de de desarrollo de la separación del valor de uso (concreto) y del valor de cambio (abstracto), la independencia y desarrollo de los formalismos y con ellos del tiempo. La quietud precapitalistas y el dinamismo capitalista son dos formas de denominar la intrusión de las hipótesis y su inherente despliegue temporal.
Surgido dinero surge la especulación, a la que no se puede llamar financiera sin tropezar con un pleonasmo. Especular, o sea armar hipótesis con variables abstractas, es término económico, imaginar los valores futuros de mercancías actuales. Sólo eso. Es simple y complejo ya que la cantidad de variables intervinientes en esas especulaciones (por ejemplo en un bono estatal: dependiente de su vencimiento, de su valor nominal, del crecimiento del PBI, la moneda en que está emitida, las tasas de interés al momento de emisión, y las mismas variables en el curso temporal del desempeño prometido).
La economía real se opone a la economía supuesta al futuro. Pero como el futuro nunca llega, todas las apuestas sobre el desempeño futuro no son más que eso: apuestas. Ya ésta característica hace volátil y caprichoso un mundo regido por economías mercantiles, pero si además arreglaron al croupier estamos fritos.
Y eso es lo que sucede. Un pequeño ejemplo aparecido en los diarios de agosto del año 2010. El grupo minero BHP Billiton (Inglaterra – Australia) tenía previsto comprar al productor de fertilizantes de Canadá, Potash Corp. Of Saskatchewan Inc., para eso salieron a buscar financiamiento, el Banco Santander se encontraba en entre el grupo de bancos que otorgaron el crédito de u$s 45 000 millones a BHP para realizar la oferta (quei finalmente fue rechazada). El empleado del Banco Santander Juan José Fernández García está acusado de haber ganado “ilegalmente” u$s 576 000. ¿Cómo lo hizo? Apostando a la suba (comprando) muchas acciones de la minera Canadiense “justo” antes de la oferta de u$s 36.800 millones realizada por BHP. Con la información de que se realizaría una gran oferta compró antes, esperó la oferta y vendió cuando el precio subió. Estamos hablando de unos pocos dueños de los minerales que usa y necesita toda la humanidad. Bien, para ofertar la BHP necesitaba conseguir préstamos de los bancos (o sea que el capital acumulado se direccione hacia ella para aumentar su escala y su poder de mercado) El empleado sabe del valor del “mientras”, el tiempo protagoniza estas historias. Sabe que mientras se gestiona semejante préstamo, la intención de la empresa oferente debe quedar oculta. Es como una partida de naipes, no depende del valor de los activos sino de las suposiciones futuras. Fernández García le sugiere a un conocido que junte toda guita que pueda y compre acciones de Potash que la van comprar. Y cuando esto se haga público las acciones se van a valorizar. Ni una pizca de mineral más o menos va a ser extraído por esa empresa para motivar el cambio en su precio, sólo la información (en este caso real pero muchas veces falsa, como la echada a correr por el vicepresidente yanqui sobre la empresa Enron) que incidiría en un desempeño futuro.
Este pequeño caso tiene algunas enseñanzas: la especulación, el juego con la oferta y demanda futuras no es para cualquiera, es para los burgueses, eso es lo que va a pagar el empleado del Santander: haber jugado al patrón. Quizás el gallego creyó en eso de “los mercados”, sin darse cuenta que “los mercados” es un eufemismo para ocultar que se está hablando de unos pocos grandes inversores, el tonto quiso hacerse e vivo creyéndose parte de “los mercados”. Vos no pibe, vos no.
La otra es que no existe la diferencia entre economía de producción y de especulación: existe una economía capitalista especulativa, es decir basada en la anticipación de desempeños futuros. Tanto vale para la producción como para el crédito.
Los precios altos de las materias primas no están en relación al consumo, si así fuera en medio de la recesión mundial no podrían seguir subiendo el precio de el conjunto de las materias primas, sino de las materias primas como una esfera más de especulación. Una burbuja no es una economía separada y superpuesta a la producción sino una economía que toma la producción y la somete a la expectativa, la especulación, la hipótesis. En una palabra al futuro de las apuestas y las posibilidades de compra y venta.
El dinero genera el mercado financiero, no una decisión siniestra de los especuladores. Los argentinos no podemos engañarnos al respecto. En la época de la plata dulce, los productores se transformaron en especuladores: no hay ninguna razón para que las necesidades sociales sean rentables, y todas para que en cada ocasión el dinero acuda a dónde recibe la promesa de mayor rentabilidad: La falacia de otra economía que difunden los portavoces del gobierno es absurda. El precio de las materas primas que soportan el superávit comercial y fiscal depende de los mercados de futuros, prohijados por los inversores.
Por esta razón es que la opinión del historiador Hartog (que se autodenomina historiador del tiempo) sobre un régimen de presentismo cuya pregnancia es mayor que en ninguna otra época, es una opinión unilateral. El futuro ha sido hipotecado al mercado financiero. El futuro en el capitalismo es pensado en términos de desempeño futuro del capital. Y la vida se reduce a una fina capa presente (cada vez más fina) y una expectativa futura de índole monetaria. Hay un futuro: es el vencimiento del plazo fijo.
El régimen del tiempo en el capitalismo desplegado del siglo XXI es la del tiempo paradojal de las infinitas posibilidades: queremos vivir cada vez más tiempo pero no queremos envejecer que es el efecto de vivir más tiempo, las variables separadas de su sustrato real se disparan al infinito, contradiciéndose a sí mismas.
Vivimos en la amenaza constante de un futuro financieramente incierto y de un presente cuya única posibilidad es el consumo. Una doble amenaza cernida sobre la temporalidad humana. De esta crisis permanente en que nos tiene sumidos la economía de los valores esperados, se sale, como de la crisis adolescente, saliendo del mundo de las infinitas posibilidades imaginarias para jugarnos por algún mundo posible, el del hacer humano.