Gran Hermano 2012 ha comenzado. En la llamada era de la imagen este programa no se basa en imágenes. No conviene morder el anzuelo. El programa es una combinación de competencia y saber.
A tono con la textura de la mercantilización total, se compite. Competir por fuera de destrezas concretas es una re edición del principio capitalista universal del valor de cambio. A diferencia de las competencias autónomas que se basan en una destreza particular y recortada (capacidad de lograr introducir el balón más veces en la valla adversaria contra la oposición de los adversarios, por ejemplo) la competencia heterónoma no tiene ninguna lógica propia, ningún valor propio (como lo son los valores de uso) sino un valor externo: el dinero y la valoración social burguesa. Esta competencia reproduce la competencia capitalista, cuyo sentido de ganar es acumular más valores abstractos, no asimilar valores usables. Es una competencia abstracta y numerable como lo son los valores de cambio.
Por otro lado es cierto que hay una preponderancia de las cámaras, pero es falsa. Las cámaras muestran, como no puede ni podrá ser de nunca de otra manera, lo que se llama una edición, una selección, un recorte. No importa cuán generosa sea la hipertextualidad, la intertextualidad, los links y las ventanas simultáneas, nuestra atención es y seguirá siendo lineal. Podemos montar escenas de un solo fotograma y seguirán siendo vistos uno detrás de otro. Lo que veo en la casa de GH es una edición, una película.
Pero sucede con este género lo mismo que con el arte conceptual, las performances, las instalaciones: detrás, al costado o por delante hay un texto que sostiene la carga de sentido de “eso”. Sin el texto, la obra es basura, error, nada. El texto adquiere en estas obras un valor que en las obras de la época realista –figurativa no tenía (en la verdadera era de la imagen).
Lo mismo sucede con GH. Lo importante no es lo que se “ve”. Lo crucial es lo que se dice y, a través de lo que se dice; lo que se sabe. Y este saber, no es un saber sobre lo real, sino una ficción, un saber sobre lo que se construyen en los debates sobre esas imágenes y los discursos que ellas transmiten. Palabras, palabras y más palabras.
Sin embargo se puede entrever una sabiduría en los espectadores de este programa. Tomemos el caso de los saberes socialmente considerados serios, tomemos dos de ellos: filosofía y economía. Cada uno de ellos cuenta, riega y multiplica un léxico oscuro, florido e inaccesible a los legos. A esas palabras usadas con precisión quirúrgica se las llama conceptos, y se las supone lejos de las opiniones de los comunes, simples aproximaciones errátiles a la “cosa” en cuestión.
Pues veamos al saber especializado “precisar” las cosas. En el año 2002 el consultor (que linda profesión) Broda decía que el dólar iba a llegar a fin de año a un valor de $10.- hoy, 9 años después, varias crisis mediante, el dólar no ha superado los $4,50.-. El dólar es, en un país dependiente de su superávit externo como el nuestro, “la” variable económica central, su valor no es un número, es la concentración, en una especie de aleph económico, de las variables fundamentales de la economía argentina. Y le erró para el carajo.
En los años 20-30, en Alemania, el filósofo Martín Heidegger elaboró una filosofía que, según sus admiradores, anticipó las devastaciones ecológicas de la tecno ciencia y el tecno capitalismo. Sin embargo el filósofo se afilió a la mayor maquinaria capitalista de devastación ecológica que jamás haya visto la humanidad: el nazismo, mezcla de soberbia junker y capitales monopólicos alemanes como Krupp o Bayer. Preocupado por el crecimiento de los árboles de la Selva Negra, su actuación civil, su intervención social, contribuyó a la muerte de 60 millones de seres humanos (“mi tontería” llamaba MH a su compromiso nazi) En sus libros, muchos, complejos, largos, advertía sobre el destino de un mundo tomado por los intereses del partido al que él contribuía a consolidar en su poder.
Estos son dos ejemplos de la separación especializada del saber frente a la vida cotidiana. El saber es una esfera autónoma, cuyos especialistas son los únicos que manejan el resorte de su entendimiento, y de cuyo entendimiento han hecho una profesión burguesa: Broda vive de hablar de economía aunque la economía no le haga honor a sus palabras, Heidegger sigue siendo presentado como el anticipador de las catástrofes y sus alternativas, basado en las poesías de Holderlin, aunque no haya podido distinguir lo que millones de obreros si hicieron: el carácter del régimen hitlerista.
De tal manera que quizás, frente a tanto saber excluyente y bastante poco útil, como el de los ejemplos citados, quizás GH es jugar a discurrir acerca de un saber popular: todos acceden a los tramos sobre los que se construye el sentido, sea la edición de lo filmado en la Casa de GH o, fundamentalmente, sea lo dicho en los varios segmentos de debate, en los que se construye un saber.
De un lado tenemos un saber cercado, inaccesible y para especialistas, cuya utilidad social está en entredicho práctico, del otro un saber cuya utilidad social es explícitamente declarada (sólo sirve para tener tema de conversación común con otro espectador lo que no es poco) y cuya accesibilidad es altísima.
Los seres humanos necesitamos participar en la construcción del saber, cada berretín tiene un saber propio que discurre en largas charlas, se potencia y complejiza. Sea la larga polémica en el fútbol, o el saber discurrido de los filatelistas sobre filigranas o de los neofílicos sobre gadgets. Gran Hermano no muestra la decadencia del gran público, sino su avidez, a la vez que muestra la percepción justa, acertada, precisa, que el mundo del saber, el mundo intelectual es una gran estafa cuyo punto de sostén es la manutención de los intelectuales.
Porque es lo único que la verdad demolería: la cómoda vida de Heidegger o Broda se vería cuestionada si sus oscuras admoniciones se contrastaran con la realidad de los sucesos. El amor a la verdad en lo real obliga a reconocer que no hay especialistas en ella, que los rentados de la cultura son especialistas en verdades desgajadas, separadas, auto satisfechas. Nunca en verdades útiles.
La más antisocial y a la vez, la más importante de estas verdades cultas es la reificación. El tomar lo construido socialmente como una cosa. O sea como una cosa que es así. Creer que la especialización del saber no es un proceso fogoneado por los intelectuales para sacarle el cuerpo a la realidad social, sino un forma de lo real.
Pero nada es así, nos levantamos a la mañana y quizás (si tenemos agua potable) nuestro orín desaparece a la sola presión de un botón, luego, con un giro de muñeca, surge el agua para cepillarnos los dientes, y con otro el agua tibia (si tenemos gas y la queremos) para ducharnos. Un leve movimiento de nuestro pulgar sobre encendedor en la hornalla nos permite calentar el café. A la vez escucho los sonidos de mis vecinos, no veo el cielo porque mis ventanas están obstruidas por otras paredes y me llegan los primeros bocinazos de la calle.
Nada de esto “es” así, todo esto lo hicimos y lo estamos haciendo así. Vivimos en un mundo construido, somos parte de él, somos constructores de él. Si nos parece que GH es un despilfarro de interés en una causa absurda, pensemos que sucede con las causas “superiores” que no lo suscitan. No repitamos la versión reificada de un mundo que “es” como no nos gusta, ubiquémonos en el centro de un mundo que nos está saliendo desagradable y peligroso. No pensemos nunca que los otros, tontos fachos, asquerosos, se equivocan, pensemos, mejor, que habrá una matriz de pensamiento social en la que cada decisión tiene su lógica.
GH 2012 es una linda bofetada a la separación entre sociedad y saber, no nos preguntemos porque no leen los 90 tomos de la Comedia Humana, sino porqué los intelectuales se cocinan entre ellos en una salsa de privilegios y quejas.