Un estilo futbolístico se ha ido imponiendo por motivos internos y exteriores en nuestro fútbol. Lo define la idea de la segunda jugada, pero lo denominaremos: a ver qué pasa.
En breve resumen diremos que la segunda jugada es volear sin ton ni son, para arriba la pelota, buscando el error del rival o vaya a saber qué. Tiene una sólida justificación social en la imprevisión financiera permanente en la que se vive en el capitalismo del siglo XXI. Y una causalidad interior en la pobreza a la que la sangría permanente de jugadores hacia mercados rentables provoca. Pobreza doble, ya que en parte se debe a la pérdida del talento de los emigrados y en parte al recambio permanente que, obviamente, atenta contra la posibilidad de “conocerse” futbolísticamente de los jugadores.
El fútbol con su extensión popular nos hace ver lo que las emigraciones económicas del 2001 y las becas que toda la vida nos han ofrecido, mostraban solapadamente. Toda emigración calificada es un saqueo de recursos del mundo desarrollado sobre el resto. En nuestro territorio se producen muchas cosas, las que los imperialistas necesitan para sus negocios se las llevan. Los jugadores, lo mismo que los músicos o científicos, son un precipitado social. Como individuos son la expresión personal de una construcción social. Las becas, las compras de jugadores o el robo de materia gris, empobrece a las sociedades productoras, que corren con el costo de la formación. No sólo el costo formal de la estructura académica como en el caso de Milstein, sino el costo no formal del entorno en que tales y cuales virtudes se desarrollan. Los saqueadores sólo pagan la manutención (por exorbitante que sea) del individuo, empobreciendo a la sociedad. Cuando un nativo del mundo no desarrollado triunfa en el primer mundo, no debemos alegrarnos: no demuestra nuestra capacidad (cosa que no deberíamos tener que demostrarnos) sino nuestra estupidez como sociedad. El éxito de Marta Argerich, de Baremboim, de Milstein o Varsavsky, de Tevez o Pastore, es nuestro fracaso. No sólo se llevan litio o capitales sino también capacidad humana. Sólo que en este último caso además esperan que aplaudamos (y en general lo hacemos)
Un país que ha sido consciente como sociedad de esta sangría es Cuba. Cuba es la única nación no explotadora que defiende la capacidad de sus habitantes como un producto social y no deja que se despliegue la mentira individualista del self made man. Y por eso es tan atacada. Los emigrantes cubanos más notorios han querido irse después de haber tenido garantizadas condiciones de vida que en los países a los que quieren ir (y con su color de piel como obstáculo adicional) no hubieran tenido. Este empobrecimiento generalizado se sustenta en la idea de la salvación personal, pero quienes hacen la suya no quieren declararlo de esta manera, quieren, valga la redundancia, ser queridos.
Es que el mundo de la maximización del lucro es un desierto de amor y, además, es implacable. Hay que ser muy valiente para ser un liberal en serio. La versión que conocemos cotidianamente es la de la defensa de las libertades individuales cuando son las mías, y de las obligaciones sociales cuando son de los demás hacia mí. Como el taxista sin cinturón de seguridad y hablando por celular que se molesta por el carro del cartonero, la liberalidad sigue la senda del viejo dicho de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.
La sabiduría popular se expresa a través de las hinchadas con más profundidad que en los circuitos cultos, porque en los circuitos cultos no hay amor sino estúpida adulación por lo extraño y “superior”. Los hinchas en cambio silban a los jugadores que han ido a jugar a otro equipo por cuestiones económicas. Y tienen razón, en el mundo de las monedas el jugador hizo lo que le convenía, en el mundo de las pasiones, ya no vale un aplauso. No creo que nadie siga queriendo a un viejo amor que se fue con otro porque le ofrecía un mejor pasar. Está bien, hace tu vida, pero no me pidas que te siga queriendo.
-.Para vos fue lo mejor pero para todos nosotros no, así que hacete cargo y no esperes cariño porque jugaste por plata y cobraste hasta el último centavo que te correspondía –dicen los hinchas con sus silbidos. En la doble moral burguesa, a los privilegiados no se les puede cortar su carrera económica, pero tampoco recordárselas. Esa es la condición exigida a los periodistas deportivos: que hablen de lo humano y lo divino pero nunca de plata.
Entonces en lugar de combatir la pobreza y sus causas, resignamos el protagonismo y resolvemos dos cosas: primero sacarnos de encima un problema inmediato: la cancha de fútbol tiene una cuadra de largo, agarramos la pelota y la tiramos lejos y que la traigan desde allá. Segundo, nosotros somos humanos pero los del otro equipo también, evitamos un error nuestro y esperamos que ellos arriesguen y, quizás se equivocan. De allí las repetidas frases del casete de los futbolistas: gana el que se equivoca menos. Que no es lo mismo que decir que gana el que acierta más.
La segunda como modo de vida no es lo mismo que usada como recurso, a veces se hace de la necesidad virtud, y resolvemos las carencias afirmándonos atrás. Pero cuando sentimos el futuro como ajeno e inmanejable, el recurso se trastoca en sistema. Así vivimos en nuestro capitalismo contemporáneo, el futuro le pertenece a la especulación financiera, el presente es pobre, y jugamos a ver qué pasa. Hoy podemos comprar y vivir más o menos bien, la voleamos para arriba, mientras la concentración económica y la falta de autonomía de las masas aumenta. Cuando vuelva la pelota veremos qué hacemos con el modelo extractivo instalado, los gordos de la CGT fortalecidos, los intendentes y gobernadores del menemismo reelectos, los millones de dólares fugados ya lejos de nuestras manos, el área sembrada expandida para los pools de siembra y la minería a cielo abierto marchando, con las ciudades atestadas de automóviles y de torres, recién construidas y fabricadas. La pelota vuelve, siempre vuelve, quizás podamos ensayar pararla, no regalársela al rival, dejar de buscar la segunda y apelar a otra máxima futbolera: corazón y pases cortos.