Porque su presunta ausencia en los 90 y su omnipresencia en este siglo, han sido tomados como indicadores del carácter de los gobiernos respectivos, vale la pena pensar el estado. Aunque diversa, la relación estado y nación es muy íntima. No son lo mismo, pero podemos afirmar que un estado es un aparato que una nación (más precisamente una parte de ella) aplica sobre un territorio. El límite de ese territorio y los contornos de esa nación no necesariamente coinciden. Sobre todo porque es el mismo estado el que tiene cierto poder instituyente de lo nacional, sin perjuicio de aceptar que hay naciones cuya existencia antecede al estado. Pero en todos los casos conocidos hasta el día de hoy, el estado moderno, nunca ha precedido a la formación de una burguesía: catalana, criolla, vasca, saboyana, lombarda, prusiana o sionista, siempre una clase poseedora antecedió a la construcción de este aparato.
Ese aparato y la idea nacional no sirven a una nación previamente existente, sino que la constituyen a partir de su burguesía. Se da la lógica de la parte constituyente del todo: una clase poseedora constituye un estado, y a través de este a una nación. La nación en su constitución es homóloga del populismo. La democracia republicana, siempre cuestionada en los hechos por los movimientos populares, debe su debilidad a ser una mentira: nadie representa a la población de una nación, sino que la democracia permite a una burguesía ocultar que la nación se origina en una parcialidad constituyente.
Ernesto Laclau acierta al considerar este mecanismo como constitutivo del populismo, pero lo juzga de manera invertida: considera positivo y excepcional, lo que es una herramienta burguesa tradicional: la conformación de un pueblo a partir de la existencia de una burguesía
De tal manera que lengua y territorio no forman una nación sino en tanto y en cuanto lo decidan sus patrones. Que incluso pueden decidir construir una o varias naciones. Como lo demuestra en el primer caso EEUU y Brasil y en el segundo las naciones hispanoparlantes sudamericanas y centroamericanas.
En síntesis, el estado es una máquina destinada a separar. El estado conforma, crea, separando. Recorta un territorio de otros, operación que se efectúa, sobre todo, mediante la institución de la aduana nacional, recorta en ese territorio una porción de violencia, que llamara legítima y será su monopolio, y recorta la función monetaria, consistente en emitir el equivalente universal que circulará como dinero en el mismo territorio. Y recorta las cosas de las personas mediante un particular código de propiedad que privará, a los habitantes, del común acceso a la riqueza. Luego de acuerdo a situaciones variables, ejercerá distintas funciones de reproducción con distintas capacidades educativas, sanitarias y productivas. Pero no son sus características distintivas, de hecho son su aspecto variable y no lo caracterizan. Por el contrario es la pérdida del control monetario (hiperinflación por ejemplo), del control del territorio (ejércitos insurgentes) o del monopolio de la fuerza (incapacidad flagrante de administrar el orden) las que cuestionan la existencia estatal.
Este procedimiento no es artificial sino histórico, se ancla en lazos libidinales que lo constituyen y sustentan. Yannis Stavrakakis, un intelectual griego, ilustra con los títulos de dos capítulos de un libro suyo la existencia de estos lazos cohesionantes: el capítulo 5: “El goce nacional, un relato exitoso” y el 6: “Falta de pasión: una nueva incursión en el terreno de la identidad europea” en este último cita a Delors: “Nadie se enamora de un mercado común”. O sea que la potencia separadora del aparato estatal depende de la fuerza cohesionante irracional de la constitución patriótica y no de las ventajas racionales de esta constitución.
Todas las otras funciones atribuidas al estado las comparte con actores privados, e inclusive las cumplieron ellos antes que el estado, en nada amenazan su existencia. Aunque a veces pueden amenazar la de la población, pero no hace a la esencia del estado. La demostración del carácter secundario de la reproducción humana con respecto a la reproducción del ciclo de dinero – mercancía – más dinero es que muchas veces es el propio estado el que suele pervivir a costa de la aniquilación de buena parte de lo mejor de su población y revitalizarse de esta manera. En eso consisten las guerras libradas entre estados nacionales.
Es digno de reflexión que la ciencia económica burguesa asocia naturalmente las guerras como causantes de las bonanzas posteriores. Es decir la brutal exacción que se justifica en el patriotismo (ideología de la estatalidad) fortifica la economía burguesa. El boom de posguerra tiene gran parte de sus razones en la depresión salarial generalizada que la guerra impuso en toda Europa (como demuestra A. Gunder Frank) y no en el patriotismo alemán. El patriotismo alemán fue la condición de posibilidad de los 6 millones de muertos en campos de concentración.
La devaluación de la escuela como unificadora estatal fundamental no afecta al estado burgués. Puede lograr la normalización estatal por otros medios. La subjetividad consumidora es perfectamente apta para el capitalismo en su punto de desarrollo máximo o sea para la actualidad. La escuela promovida mediante ofertas y promociones (si cursa se le concede completa la AUH) es un ejemplo y explica porque después los padres golpean a los maestros como usuarios defraudados, exasperados por el no cumplimiento de la máxima burguesa de que el cliente siempre tiene razón. Pero lo más interesante es que las constituciones han realizado un doble proceso a lo largo de la historia del estado burgués: contra los privilegios de castas y a favor de los aspectos mercantiles. Ya la Constitución de 1949 incluía los derechos del trabajador (derechos del hombre en tanto mercancía) y en 1994 se le agregan los derechos de los usuarios (los derechos del ciudadano en tanto consumidor de mercancía). Podríamos decir que es un rumbo lógico: el derecho a separar la propiedad de los habitantes de un país (propiedad privada) sólo se puede desarrollar con las garantías a la realización lucrativa de esas propiedades.
Es el lado oscuro de las “conquistas sociales”. Muchos entienden sólo el lado de las concesiones que la burguesía otorga para mantener la porción de consenso que caracteriza/necesita todo gobierno. Lo que se oculta es el control estatal y la hipoteca a la autonomía que siempre viene acarreado por la asunción del ser de mercancía y del control del estado burgués. Sólo en esta ceguera se puede entender que los aportes sindicales (para luchar contra las patronales) sean cobradas por los…patrones. A eso se le llama modelo sindical peronista
Este modelo funciona concediendo mercancías (consumo que reafirma el propio ser de mercancía) y desarticulando toda cooperación que no sea articulada por el propio estado promotor del consumo.
El estado capitalista que es el actual, tuvo demasiadas negociaciones con el pasado tradicional pre capitalista (iglesia por ejemplo) Sobre el filo del siglo XXI se conformó burgués. El estado burgués esencial es el monetarista: represión, aduana y control de la economía a través de la emisión de moneda. Si se piensa en detalle, el monetarismo es híper estatista, ya que todos los flujos económicos son controlados a partir de la restricción en la emisión de moneda, un recurso eminentemente y exclusivamente estatal.
Cuando se habla de la debilidad de los estados nacionales en la era de la globalización no queda claro cuál es la novedad: el estado siempre guardó una relación ambigua con sus dueños, las burguesías. La imagen de estados nacionales soberanos en forma absoluta, que someten a los particulares es una falacia, siempre el estado burgués fue una herramienta activa del interés capitalista: en la Guerra del Opio o en La Vuelta de Obligado. Pero no es una relación exactamente especular sino distorsionada, que debe expresar en forma mediatizada y velada, los conflictos entre los sectores burgueses.
Para la burguesía el territorio nacional es un lugar de confinamiento de poblaciones bajo condiciones particulares. El territorio nacional (una ley, una moneda, una represión) es la contracara necesaria de la volatilidad del capital. El capital vuela y los trabajadores quedan anclados. Desde los problemas inmigratorios actuales retrocediendo hasta la ley de residencia de 1902. Por esa razón no sorprende que los antecedentes institucionales (Departamentos, Secretarías) del Ministerio de Salud hay que buscarlos en el ministerio del interior (a ese ministerio pertenecía el departamento de higiene). La salud pública era el control estatal del flujo inmigratorio y sus enfermedades, que no se llamaban tuberculosis, ni viruela, sino anarquismo, maximalismo, etc.
Por otro lado, en tiempos de constitución imperfecta del estado burgués, de las batallas contra sus contradictores del pasado (regionalismos, iglesia, etc.) los ministros estrellas eran el del interior y de relaciones exteriores. Fue con la consolidación del régimen mercantil que el ministro de economía pasó a ocupar el protagónico (como muestra de este corrimiento basta revisar cuántas calles de Buenos Aires llevan nombres de ministros de economía -hacienda en ese entonces- de las primeras dos décadas del siglo XX y cuántas el nombre de ministros del interior o relaciones exteriores) Esto no es la decadencia de la política sino la confirmación que en el estado capitalista se tiende a sustituir toda relación por la relación mercantil, ascenso del ministro de economía, rango constitucional para el asalariado y el consumidor.
Sin embargo los nacionalismos del siglo XXI permiten señalar diferencias: Cuba ha desarrollado un fuerte sentimiento nacional asociado a la defensa de sus conquistas que ha sido utilizado por la casta dirigente para sojuzgar minorías (eso es un estado, un separador) como ha sido reconocido por el mismo gobierno cubano en su relación con la minoría homosexual. Israel por el contrario es el ejemplo del uso de un sentimiento racial para justificar el accionar de una máquina estatal racista, China es la meca del capitalismo: libertad para los negocios y represión para la vida, y la Unión Europea es el fracaso del estado como construcción consensuada y democrática.
La crisis de la disposición nacional es producida por la economía de escala y la crisis de rentabilidad. Las naciones burguesas tradicionales no logran competir con esos gigantescos territorios sub continentales que son EEUU, China, India, Brasil, Rusia. Cada una de ellas atenaza diferencias nacionales: homogeneizando, reprimiendo, exterminando. Con esa palanca pone a las naciones tradicionales en aprietos y fuerzan a la sinergia regional, al apalancamiento, y al mercado interno como recurso de sustitución (y no al contrario como el sentido común indicaría).
En el marco del estado burgués, como en el interior de toda comisaría, actúan el policía bueno y el malo. Todos los policías son malos, el supuesto bueno sólo lo es en comparación con el malo, y el malo sobreactúa su papel, en la certeza de arrojar al reo en los brazos del policía bueno. El progresismo es el policía bueno.
Los proyectos burgueses mas derechistas son enarbolados para ayudar a consentir con los que tibiamente toman en cuenta la reproducción de la mano de obra (llamada pueblo o ciudadanía). Aunque importante para cada sector, estas concesiones no pueden ocultar que el estado encarna un proyecto a largo plazo. Por eso cuando un político burgués encarna esos proyectos de inhumanidad a largo plazo, cuando cobra la estatura para superar la pequeña rencilla doméstica y sustentar la exacción burguesa en el horizonte histórico se lo llama estadista. CFK es una estadista, lo que la transforma en una contrincante central para las masas en su intento de recuperar la vida, que no significa aumentar el consumo.
En los años de bonanza económica extractiva que van del 2002 hasta hoy, el peronismo redistribuyó algo de la gran torta que llegó al país a cambio de sus recursos naturales y su esfuerzo, pero dejó fugar 27 000 millones de dólares de parte de sus socios fundadores: sus antiguos conocidos de las petroleras y las mineras. Lo que es repartido en calidad de AUH y jubilaciones apenas sirve para subsistir, pero en los años venideros sentiremos los efectos de lo que ha sido arrancado del país por estas dos ramas de exacción solamente. Se han llevado, por hacer una comparación, el 25% de un presupuesto nacional completo (por ejemplo del previsto para el año 2010, de $236.242 millones de pesos).
Pero no sólo dinero sino estructura es lo que un estadista deja a la burguesía del futuro, además de los pingues negocios de hoy, deja las leyes del futuro. Por ejemplo la que permiten a la minería ahora (en el auge peronista, nacional y popular) hacer uso de una extendida zona no nacional, entre Argentina y Chile de 341 000 km2 (tratado de Integración y Complementación Minera, firmado por el actual senador Menem en 1997) cuyo objetivo central es la mina a cielo abierto de Pascua Lama –reservas por u$s60.000 millones- y que quedará disponible para cualquier momento futuro.
Para extender el área sembrada, caballito de batalla del gobierno progreconsumista, acaban de asesinar a un militante del MOCASE Vía Campesina, en el norte de Santiago del Estero. Allí dónde los terratenientes santiagueños y tucumanos utilizan cualquier método para aumentar la superficie arrancada a las comunidades. Justamente en dos de las provincias mas claramente nacionales y populares, es decir de mayor solidez política K. Imitando el ejemplo Paraguayo, país récord en el crecimiento económico del último año, mediante el salto (al vacío) de una a tres millones de las hectáreas sembradas de soja con el método argentino de la siembra directa.
Garantizar la apropiación privada por medio del dinero, las leyes y la represión, esta es la función esencial del estado. Las otras funciones son laterales y no definitorias. Las pueden cumplir el estado, los emprendimientos patronales o la organización autónoma anticapitalista.
Pero dinero, ley de propiedad, y represión, o sea mecanismos de separación de las masas populares y la vida, sólo son funciones estatales. Esta maquinaria no se disuelve sola, hay que destruirla con un hacer autónomo anticapitalista.